"Educar al soberano", decía Domingo Faustino Sarmiento, convencido de que un pueblo que piensa por sí mismo es un pueblo libre. No hablaba de Buenos Aires en particular, pero podría haberlo hecho: pocas ciudades del continente tomaron esa idea tan en serio como esta. Casi dos siglos después, la frase sigue explicando algo que no está en ningún folleto turístico: por qué esta ciudad, y no otra, sigue siendo el destino que miles de estudiantes eligen cada año para formarse.
LA UNIVERSIDAD QUE NO COBRA ENTRADA
Es necesario mencionar un dato muy importante. En mayo de 2025 el Gobierno nacional dictó un decreto que habilita a las universidades públicas a cobrarles arancel a los extranjeros que no tengan residencia permanente en el país. La norma fue ratificada en julio de 2026. Sin embargo, hasta el momento ninguna universidad nacional puso en práctica ese cobro, y las propias autoridades de la UBA sostienen que, en la práctica, no existen estudiantes de grado sin algún tipo de residencia, ya que ese trámite es parte del propio proceso de inscripción. La gratuidad, hoy, sigue vigente.
UNA CIUDAD QUE NO LE COBRA POR PENSAR EN PÚBLICO
Buenos Aires tiene, desde hace más de una década, una red de conexión pública que hoy suma más de 2.400 puntos de acceso gratuito en plazas, parques y estaciones de subte y Metrobus, disponible las 24 horas, los 365 días del año, sin necesidad de registro. Se llama BA WiFi y, aunque nadie la menciona en los folletos, es la razón por la que se puede ver gente estudiando en cualquier plaza porteña a las tres de la tarde de un martes.
Para quien prefiere paredes y silencio, la Red de Bibliotecas Públicas de la Ciudad ofrece salas de lectura, espacios de estudio y conexión wifi, abiertas a toda la comunidad, repartidas por distintos barrios. Y para quien quiere ir más allá, la Biblioteca Nacional Mariano Moren, el edificio de hormigón que mira al río desde Recoleta, tiene acceso libre y gratuito a sus salas de lectura, presentando solamente un documento de identidad.
A esto se suma algo que ya forma parte de la vida cotidiana porteña y que no tiene costo: los miércoles de entrada gratuita en museos como el Bellas Artes o el MALBA, las ferias de libros usados que funcionan todos los días del año, y una ciudad caminable, con una red extensa de subtes y colectivos que conecta casi cualquier barrio con cualquier facultad.
NADIE SE RECIBE SIN ESTUDIAR TOMANDO MATE
En Buenos Aires se estudia con mate o con café, casi nunca con agua. El mate resuelve lo que ninguna aplicación resuelve: la compañía sin conversación obligada, la excusa para quedarse una hora más en la plaza, el gesto de cebarle a alguien que recién conocés en el pasillo de la facultad. No hace falta entenderlo de entrada. Alcanza con probarlo.
El café cumple una función parecida, pero puertas adentro. Los bares porteños, y en especial los que la ciudad reconoce oficialmente como Bares Notables, por su antigüedad y su valor patrimonial, funcionaron durante décadas como salas de estudio informales para generaciones enteras que no tenían escritorio propio en la pensión. Esa costumbre no se perdió: se mudó también a los cafés de especialidad, pero el gesto es el mismo. Una mesa, una taza que dura dos horas, un cuaderno abierto.
LA UNIVERSIDAD Y EL BARRIO
Para quien viene a estudiar, la pregunta importante no es solo a qué facultad entrar, sino en qué barrio vivir, porque ese barrio va a ser, durante los próximos años, el verdadero plan de estudios. No es lo mismo cursar Sociales viviendo a diez cuadras de la facultad que hacerlo desde el otro lado de la ciudad. No es lo mismo tener una biblioteca pública a la vuelta que tener que atravesar media Buenos Aires para llegar a ella.

