“Esos cafetines donde los domingos, a eso de las seis de la tarde, invariablemente, entra la muerte a convencernos de que no hay una vida mejor, pero sale derrotada porque allí dentro todos somos un poco dioses”. (Eugenio Mandrini)
Cafés, esos, con un aura de tiempo, de leyendas, de fantasmas amados que viven entre esa heterogénea fauna de tipos con un poco de locura en las ojeras (como la de aquel mozo que, en un bar de Cochabamba y avenida La Plata, se dedicaba, pacientemente, a enderezar medialunas detrás del mostrador, porque como solía confesar: un hombre recto como él no podía tolerar ninguna forma torcida de la vida).
Cafés donde la contracara de la soledad es el culto de la charla, ese parlotear sobre la existencia alrededor de mesas que nunca preguntan, y donde uno acaba dejando de ser uno para convertirse, a la vez, en Discépolo y Nietzsche, en Mariano Moreno y Hamlet, en profeta y maldito, en inmortal y suicida.
En esos días en que usted se sienta como sepultado en el barro de la vida y quiera asomar la cabeza para mirar las estrellas, hágalo desde una mesa que esté junto a la vidriera de uno de esos bares. Y verá que las estrellas son más.
Vivir cerca de uno cambia el ritmo de los días. Se aprende a reconocer caras antes que nombres, se adquiere un horario sin buscarlo, y el barrio deja de ser un conjunto de calles para convertirse en una rutina propia. Ahí está, quizás, la diferencia entre visitar Buenos Aires y habitarla: el turista busca el café más fotografiado; quien se muda, encuentra el suyo.
Para una estadía mediana, esa mezcla importa. No alcanza con tener un departamento lindo: hace falta poder construir hábitos cerca. Un buen café en la esquina y con buena conexión para estudiar, trabajar, escribir un poema, o simplemente contemplar la vida por sus ventanales, cambia la manera de empezar la semana.
La clave es elegir según microzona. Soho es más social, Hollywood más gastronómico, la zona del Botánico más verde y Las Cañitas más residencial.

